Llevo un tiempo pensando en escribir algo sobre el mundo que veo a diario, pero como parezco el conejo de Alicia en el país de las maravillas, y voy siempre con prisas, no encuentro el tiempo para tomarme mi tiempo para escribir algo sobre (como veo yo) el mundo que veo a diario. Hoy he cambiado la bici, por un trancazo de solemnidad, por un rato delante de la pantalla, de modo que ahí va.

Se que lo que voy a decir a muchos les parecerá muy sensato y cabal. A otros muchos les parecerá melifluo y equidistante. Y siguiendo con Alicia en el país de las maravillas, habrá quien diga en modo Reina de Corazones: ¡que le corten la cabeza! Habrá para quienes yo sea un rojo peligroso y otros para quienes sea lo contrario, un facha peligroso. Ya me lo han llamado otras veces, y he sobrevivido. Y además creo que eso me pone en el sitio correcto. La fe ciega es eso, ciega. Y yo he elegido pensar por mí mismo. Es el precio que se paga por pensar con libertad. Y ya estoy más que harto y no puedo seguir soportándolo (le robo la frase a Howard Beale en Network), como probablemente lo estás también tú, despreocupado lector. Hago un inciso: como a mí me educaron en el uso del plural genérico, y en mi esquema mental, incluyo escrupulosamente a todo el mundo, a mi me vale, y no excluyo a nadie. O sea, sería guay decir despreocupado lector y despreocupada lectora, pero prefiero que alguien se ofenda porque no digo nosotros y nosotras ad infinitum a sentirme ridículo escribiendo así. No se es más igualitario escribiendo o hablando mal, sino practicando la igualdad. O como dice el dicho, una cosa es predicar, y otra dar trigo.

Yo soy muy del Quijote y de desfacer entuertos. También soy muy de eso que decía Pio Baroja, que se autodefinía como anarquista, individualista y romántico. Anarquista porque, a la fuerza ahorcan, hace ya mucho tiempo que no me da la gana someterme a ninguna verdad absoluta, porque, como decía Carl Sagan, la única verdad absoluta es que no existen verdades absolutas. Tambien decía aquello de que los argumentos de las autoridades no valen nada. De hecho, no me queda más remedio que ser anarquista de mi propia facción, en la cual solo quepo yo. Es como lo de Groucho y no pertenecer a un club que le tuviera a él como socio. Soy individualista porque me dibujaron así, que diría Jessica Rabbit, aunque serlo no me hace menos empático con quienes son menesterosos, de ahí lo de mi quijotismo. Conozco muchos supuestos progresistas que no son individualistas, o eso dicen, que no dan la talla en cuanto a empatía y solidaridad. Y soy romántico no en el sentido lánguido de las novelas de amor, sino en el sentido que le da ese Don Quijote que lucha contra molinos de viento por su sin par Dulcinea, o por los necesitados, o por Cyrano, un Quijote de larga nariz que tanto lucha, sin éxito, por su amada Roxanne, como por la justicia. Soy romántico, quijotesco, un Cyrano sin habilidades con la espada, como lo fue Manuel Chaves Nogales, quien estaba convencido que siendo alguien libre como decidió serlo, podría ser fácilmente fusilado por cualquiera de los bandos que se enfrentaron en la guerra civil española, como reconocía en A sangre y fuego. Creo en la igualdad, pero no en la manera que algunos se la apropian, que al final todos somos iguales pero algunos son más iguales que otros. Y por supuesto tambien creo en la libertad, pero no en el sentido que Doña Libertad, esa que tiene nombre que parece sacado de una película de Pawel Pawlikowski, se apropia a su manera. Quijotesco como soy, evoco al ingenioso hidalgo hablando de la libertad, una palabra que tanta gente ensucia en sus discursos últimamente:
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”
Todo esto viene a cuento porque yo, como probablemente tú, despreocupado lector, veo como desde hace un tiempo, ya demasiado, mucha gente ha elegido vivir en su Matrix particular. El mundo se ha llenado de supuestas verdades absolutas por toda esa gente que ha elegido la pastilla azul, la de seguir viviendo en una ilusión donde todos sus esquemas mentales tienen sentido. ¿Para que pensar por uno mismo?. No se si los hermanos, ahora hermanas, Wachowski pensaban en lo que en un futuro próximo serían las RRSS y los algoritmos cuando hicieron Matrix en 1999, pero acertaron de pleno. En la era de la información hemos llegado a un punto en el que la gente ha decidido vivir en su Matrix particular, una burbuja maligna, en la que solo se percibe aquello que se quiere percibir y siempre de la manera en la que se quiere percibir. Es orwellianamente inquietante a la vez que perfecto. De eso habla ahora El precio de la red, la película de Aaron Sorkin, uno de esos tipos libres que quedan en el mundo, un idealista, sin duda, o un ingenuo peligroso para otros, que fue capaz de escribir el universo de la nobleza en la política en El ala oeste de la casa blanca, y el mundo de la nobleza en los informativos de una televisión en The Newsroom. Pero Sorkin es como Capra y como yo, un ingenuo que cree otro mundo es posible. Es, claro, un Quijote, un anarquista, individualista y romántico.
Vuelvo a Matrix. Hoy mucha gente, rojos y azules, azules y rojos, pero verdes también, y de otros colores, ha elegido vivir en su confortable Matrix, eligiendo su pastilla azul y seguir en ese mundo ficticio en el que vivir es fácil con los ojos cerrados, en lugar de escoger la pastilla roja y ser libres, aún con los riesgos que ello conlleva. Escribo esto ahora y me doy cuenta de hasta qué punto los ya abducidos pueden malinterpretar esos colores de las pastillas, y no me consta que en su día los hermanos (ahora hermanas) Wachowski estuvieran pensando en demócratas o republicanos o en nuestros dos eternos bandos, rojos y azules.

Hablo con personas a diario, de aquí y de allá, abducidos por su única verdad y me hacen gracia sus argumentos unidimensionales amparados en una supuesta superioridad moral que cada día les confirma el algoritmo y su burbuja. No es que esas personas sean malas personas, que yo se que no lo son, sino que han elegido dejar de pensar por si mismas de forma crítica y se han dejado arrastrar por verdades absolutas a las que hay que someterse con fe ciega. De esa forma, el mundo tal y como tú lo ves es lo correcto, y el otro mundo es lo incorrecto. Por eso ahora, para esa gente que ha elegido la pastilla azul, todo el que no es de derechas es un rojo peligroso y todo el que no es de izquierdas es un fascista. El mundo en blanco y negro. Hay mucho más mundo, pero hay que salirse de ese Matrix inducido por quien quiere vernos reducidos a la condición de amebas con (supuesto) cerebro.
Pienso en el siglo XX y en las utopías frustradas, en esos experimentos salvajes de ingeniería social que fueron el comunismo y el fascismo y la sangre que costaron a la humanidad con millones de muertos. Han pasado décadas de aquello, aunque en la escala de la humanidad ha sido apenas un instante, pero hoy tengo la sensación de que nunca la estupidez y la maldad ha gobernado el mundo con la facilidad con la que lo hace ahora. Ya no hacen falta revoluciones o golpes de estado, ahora a la estupidez y a la maldad se las vota democráticamente. Es lo que tiene haber elegido vivir libremente en Matrix. Creemos que por tener el mundo en la pantalla del móvil y todas esas noticias y supuestas noticias al alcance de un vistazo compulsivo estamos informados, y la verdad es que nunca lo hemos estado menos. Como cantaba John Lennon en Nobody Told Me, “Everybody’s talking and no one says a Word”. Todo el mundo habla, y nadie dice una palabra. Mucho ruido y pocas nueces decía Shakespeare. Bueno, Don William tambien dijo aquello de que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que nada significa. También me acuerdo de lo que decía John Le Carre en El jardinero fiel: “Los periodistas no paran de inventarse historias y son incapaces de ver las que tienen delante”. Si la fe ciega de tu Matrix te empuja a ello, al 2+2=5, entonces ya no eres un periodista, sino un propagandista o un agente de prensa al servicio de tu amo. Debe ser bastante incómodo ser un esbirro en lugar de ser una persona libre. Si piensan un poco, algo muy poco probable, se sentirían como Ring Lardner Jr. títuló su autobiografía: Me odiaría cada mañana.
Me gustan las canciones por lo que dicen detrás de una simple melodía y su letra. Contaba Orwell en 1984 como mientras Winston oía cantar una aparentemente anodina canción a una prole pensaba que el futuro, si es que existía algún futuro, estaba precisamente en manos de los proles. Y entonces pienso que canciones como Nowhere man tienen sentido con lo que estoy contando.
He’s a real nowhere man
Sitting in his nowhere land
Making all his nowhere plans
For nobody
Doesn’t have a point of view
Knows not where he’s going to
Isn’t he a bit like you and me?
Como también cantaban U2 hace tiempo, en una galaxia lejana, muy lejana en Who’s gonna ride your wild horses:
You’re dangerous ‘cause you’re honest
A estas alturas no se muy bien quien va a cabalgar esos caballos salvajes de intolerancia, prejuicios. odio y mentiras, pero mientras pienso por mi mismo, tratando de ser honesto, pienso en lo peligroso que puedo parecer a ojos de esa horda de catetos a babor y a estribor que nos asola.
Por despejar dudas, siempre me he visto a mi mismo como una persona de izquierdas, pero harto de verdades absolutas decidí pensar por mí mismo, dejar de tener fe ciega, elegí tomar la pastilla roja y dejar Matrix. Y desde entonces siento que soy huérfano, pero se que no estoy solo.
Por eso os digo: Welcome to the real world





































