A Dios rogando, y con el Cine dando

¡Que pereza me da la Semana Santa! mucho más que las navidades, no se bien el motivo. Recuerdo de pequeño las procesiones, la programación especial en la ya de por si paupérrima televisión que existía, que ya era la española, y en las radios. Todo era tristísimo, y se suponía que creer en Dios era lo que debía ser “per se”. Lo único bueno de la Semana Santa, y digo bien: “único”, eran las torrijas. Ayer, hoy y mañana. Será que es verdad eso que dicen los creyentes (yo no lo soy) “Dios aprieta, pero no ahoga”

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También recuerdo que ya en los años 70 aquello cambió algo y en Semana Santa ponían películas que, vale, hablaban de Dios, y de la crucifixión y de todas aquellas cosas, pero.. joder, eran muy buenas. “Ben Hur” claro, “La historia más grande jamás contada”, “Quo Vadis?” o “Espartaco” incluso también ponían en esa TVE de entonces cosas tan raras como “Dies Irae” u “Ordet”, y más raro aún, “El evangelio según San Mateo” de un tipo que tiempo después me enteré de que era nada menos que comunista: Pier Paolo Pasolini.

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Hace unos días veía dos película de Ingmar Bergman, “El manantial de la doncella” y “como en un espejo” por aquello de que el próximo 14 de julio será su centenario, y hay que ir pensando en darle un merecido homenaje. Ingmar Bergman era un descreído. Diría que como yo, si no fuera porque se que no es cierto. El descreimiento de Ingmar Bergman es más parecido al de Luis Buñuel, salvando que la idea de la existencia o la ausencia de Dios le viene a uno del protestantismo y al otro del catolicismo.

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Yo tuve una educación de pequeño en la que Dios estaba omnipresente, aunque creo que para la época no fue tan machacona como me consta que sufrieron otras personas que conozco. Y sin embargo me recuerdo a mi mismo de pequeño, por un lado aterrorizado con aquellas historias de crucifixiones, de pecados, de vida eterna y de condena eterna, y por otro lado diciéndome a mi mismo ya a temprana edad algo así como “esto no puede ser, es imposible”. Por si acaso, y como era un rollo, y a pesar de que los lunes en el colegio nos preguntaban el evangelio que habían dicho en la misa del domingo, yo dejé de ir a misa, aunque eso si, leía el evangelio en el periódico “Ya” (católico confesional) y así salía del apuro el lunes. Con el tiempo me decanté definitivamente y sin dudar por lo segundo, el creer que lo normal era no creer, lo que me ocasionó ya algo mayor, cuando hacía COU (para los milennials: curso de orientación universitaria) que un pelmazo del Opus Dei quisiera convertirme y salvarme de las eternas llamas del infierno. Que horror. Desde entonces odio el proselitismo. Imagino que aquel muchacho, un “pera” que se decía en la època, se flagelaría por su fracaso conmigo. Pero yo no he nacido para seguir a nadie. Tiempo después supe que los Byrds tenían una canción con ese título. Y que salia en la generaciónal “Easy Rider”

El caso es que el otro día estaba en la redacción de Días de Cine escuchando a Robert Guédiguian hablar de “El evangelio según San Mateo” en unos términos incontestablemente hermosos (y que ya tendréis ocasión de ver en el programa), siendo ademas que Guédiguian es alguien de eso que llamamos “de izquierdas”.

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Pero me doy cuenta de que nunca Dios estuvo más presente que en las clamorosas ausencias de Ingmar Bergman, en general en todo su cine, pero muy en particular en esas películas que he citado antes, y en las dos que, con “Como en un espejo” conforman “la trilogía del silencio”, o sea, “Los comulgantes” y “El silencio”. De que pocos descreídos han tenido a Dios más presente en sus creaciones que Luis Buñuel, de que un milagro es ridículo en una película catequista, y sin embargo es emocionante en “Ordet”, o de que el Evangelio más auténtico que se ha visto en el cine es el que puso en imágenes, sencillas y auténticas, ese “demonio’ de comunista llamado Pier Paolo Pasolini.

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A mi si me emocionan esas películas que hablan de Dios desde el descreimiento más absoluto. Siempre me molestó la palabra “ateo”, pues es la palabra que usan los que creen para definirnos a quienes no creemos, dando por hecho que negamos la existencia de algo que existe, cuando obviamente no es así. Yo no soy tan estúpido de negar la existencia de algo que existe, simplemente niego la existencia de algo que otros dicen que existe. Y además, Stephen Hawkings dijo aquello tan claro en su libro “Una historia del tiempo”: “El universo no necesita a Dios para ser explicado”. El cine tampoco, pero desde mi descreimiento, si una película sobre Dios es buena, bienvenida sea, y que cada cual piense lo que quiera pensar, pero por favor… Que estamos en 2018!

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En la duda más certera, a Viernes Santo, (perdón) a 30 de marzo de 2018.

@Gerardo_DDC

3 comentarios sobre “A Dios rogando, y con el Cine dando

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